Muchas tarde de verano me gusta bajar a la playa para poder
contemplar cómo el sol desciende lentamente. Esa tranquilidad que transmite el
continuo sonido del oleaje al romper en la orilla y esa brisa marina que huele
a sal. Al contrario de la imagen que muchos tendrán de un pueblo turístico en
verano, de ese continuo rumor y sensación claustrofóbica, si resides en un
pueblo así, sabes encontrar los momentos en los que la gente se dispersa porque
el sol ya no les pone moreno. Son esos momentos los que me hacen sentir apegada
a mi pueblo. Poseer la libertad de caminar por la arena cuando te apetece
reflexionar, o cruzar las rocas hasta alcanzar el faro para ver cómo llegan los
barcos pesqueros. Muy poca gente tiene el privilegio de poder presumir de un
pueblo así.
Si paseas en invierno por las calles del paseo marítimo, no
encontrarás fiesta ni multitudes, más bien verás cómo pasean los mayores del
pueblo o alguna niñita cogida de la mano de su madre. Y podrás entrar en una
pequeña pero acogedora cafetería que te resguardará del frío, no muy intenso,
pero que a los habitantes de la costa, nos hace estremecer.
La verdad es que Cambrils, mi pueblo, enamora a todos los
que alguna vez en la vida se cruzan en su camino. Pero aún estando enamorada de
mi propio pueblo, cambiaría ciertas cosas para mejorarlo.
Todo aquel que haya vivido en Cambrils durante los últimos
diez años recuerda las palmeras que cubrían la acera del paseo marítimo,
sustituidas por un parquin cubierto de cemento. ¿Quién no daría cualquier cosa
por recuperar esas maravillosas palmeras?
Pondría calles nuevas, tan bien cuidadas como si de una
pasarela se tratara. En Navidad, las
luces cubrirían todo sobre nuestras cabezas, porque a todo el mundo le gusta
sentir la ilusión de estas fechas ni que sólo se trate de un pequeño instante
de felicidad.
Mi pueblo, es idílico tal y como es, pero nunca se debe
dejar a un lado la ilusión de mejorarlo cada día.
1 comentario:
Alba, me ha gustado mucho tus reflexiones. Muy bien redactadas.
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