Juan fue un gran amigo
mío al que conocí un día en un bar al que solía ir, se llamaba (bueno, y se sigue llamando) Mara’s. Lo vi allí sentado fumando
de su pipa de madera que soltaba ese aroma tan nostálgico que me llevaba al
regazo de mi abuelo en el sillón de su vieja casa. Era un hombre canoso con una
larga barba que parecía haber sido pelirroja en sus tiempos mozos pero que
ahora había acabado por teñir de un color blanco polvoriento. Tomaba un té
verde en su teterita negra. Me acerqué a él aferrado a mi Estrella y le pedí si
me dejaba tomar un par de caladas de esa pipa de la nostalgia. Él me respondió
con una voz grave pero tan clara que me resultaba amansadora. Después de haber
fumado de eso le empecé a preguntar por él, por su historia. No sé bien por qué
hice todo aquello, pero por algún motivo, me resultaban familiares las facciones
de su tez.
Me dijo cómo se llamaba,
que había viajado por todo el mundo, conociendo culturas, gente de todas partes y rincones del mundo. Juan hablaba 5 idiomas y todos sus correspondientes dialectos. Se
le veía en la cara que era un hombre lleno de experiencias en la vida, un
hombre que sabía y tenía muy claro lo que hacía y quería hacer. Cuando acabó de
explicarme todo lo que había sido y le quedaba por ser me dijo: “¿Eres así?”.
Dudé, dudé mucho de a lo que se refería, pero, ¿saben que le contesté? Que no,
pero que él, ese hombre, Juan, era todo lo que yo siempre había querido ser.
Esa noche ninguno de nosotros volvió a su casa, pues estuvimos hablando sentados en un banco que enfocaba directamente al horizonte hasta el amanecer del día siguiente. Fue mi tutor por unas horas, mi maestro,
aprendí más en una noche que en toda una vida de leer libros.
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