
Estaba muy nervioso por la llegada de mi padre y los walkie-talkies. Por fin podría hacer mi sueño realidad. De repente suena el timbre y corro como nunca a abrirle la puerta a mi padre.
- - ¡Hola, papá! ¡Qué alegría verte! – dije nervioso
- - Hola hijo. Te encuentro algo exaltado. – dijo extrañado
- - ¡Papá! – grité alterado por la espera.
- - ¿Qué quieres?
- - Mis walkie-talkies
- - Hijo, ¿de qué walkie-talkies hablas?
- - Vamos, papá no me hagas esperar. ¿No recuerdas?, una cosa que en realidad son dos… - dije en un inútil acto de refrescarle la memoria
- - Ah, eso… ¿Pensaste que eran walkie-talkies?
- - Claro, ¿qué si no? Una cosa que en realidad son dos, ¿qué otra cosa puede ser?
-- Pues, hijo, yo te había comprado unos zapatos, esos que tanto te gustaban pero que eran muy caros, pues allí estaban a mitad de precio, y te los compré. ¿Por qué pensaste que eran walkie-talkies?
Hubo unos segundos de reflexión por mi parte. ¿Cómo pude pensar que eran unos walkie-talkies? Pobre ingenuo… Bueno, de todas formas, aunque no sean walkie-talkies, tendré las bambas que siempre había querido, mal que mal…
- - Pues papá, yo pensé que eran walkie-talkies por tu incómodo silencio al intentar adivinar cuál era el regalo
- - Lo siento, eso fue la cobertura. Ya sabes que a tanta distancia se corta de vez en cuando. – se disculpó
- - No pasa nada, papá, si los zapatos me encantan, seguramente les daré más utilidad, pero la próxima vez, intenta tener más cobertura. – dije riendo
- - Eso está claro. – dijo riendo también a la par que abrazándome.
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