Los ocho amigos íbamos en dos coches, decididos a pasar un divertido y relajado fin de semana.
Llegamos al pueblo a las 19 horas. Buscamos la casa que habíamos alquilado. No nos costó mucho encontrarla, porque sólo había dos calles en aquel lugar.
Era una noche cerrada de noviembre. El cielo estaba sin estrellas y sin luna. No había ni una sola luz, pero acertamos la llave a la primera. La puerta chirrió al abrirse y con nuestras linternas intentamos localizar los interruptores para poder iluminar la estancia. Era una sala grande con cocina incorporada, lo único que estaba separado era el baño. Tuvimos claro que dormiríamos en los sacos todos juntos en esa sala.
Preparamos la cena, cenamos, charlamos, reímos, contamos chistes y de puro agotamiento decidimos ir a descansar para poder hacer al día siguiente la excursión prevista.
Nos despertó un aullido y un gran ruido. Asustados encendimos las linternas e intentamos averiguar que había sido eso, porque el miedo nos había invadido. Dentro de la casa no había nada extraño, pero al abrir la puerta de la calle vimos los ojos centelleantes de un lobo hambriento que había tirado los cubos de basura. Cerramos rápidamente la puerta, comprobamos que las ventanas también lo estaban e intentamos, sin conseguirlo, poder dormir.
Al día siguiente, después de recoger todas las cosas, renunciamos a nuestra excursión y decidimos regresar a nuestra casa.
Nunca más iríamos por la noche a un pueblo abandonado.
1 comentario:
Has hecho una buena redacción. Otra vez no dejes de añadir una imagen representativa.
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