
Cuándo mi padre llegó a casa, practicamente me tiré encima de él, y sin siquiera saludar, y le pregunté por los Walkie-Talkies.
-Hijo, sé que te gustaban mucho pero... Verás, cuando estaba en el avión y no habíamos despegado, se me acercó un caballero vestido de traje y me preguntó por los Walkie-Talkies, así que se los enseñé. Resultó ser que era de la policía secreta de Nueva York y me dijo que no los podía llevar en el avión ya que podrían ser para comunicarme con un terrorista para tirar el avión al mar.
A mí, que me encantaban las historias de policías, lo creí.
-¿Y entonces, pasó pasó? ¿Dónde están los Walkie-Talkies?
-Pues el señor, muy amable, se ofreció para llevárselos al cuartel general de la policía y se los di.
-Pero entonces, ¿no tengo regalo?
-Claro que sí, te he comprado algo mejor!
-¿El qué? - dije lleno de ilusión-.
-¡Unos patines!
-¡Pero si yo no sé patinar!
-Yo te enseñaré, ¡verás cómo será muy divertido! Y no son unos patines cualquiera, son unos patines muy famosos y que solo se venden en Nueva York. Serás el mejor de todos tus amigos, ninguno tendrá nunca estos patines.
Ahora me hacía más ilusión tener esos patines que los Walkie-Talkies. Abrí la caja y ahí estaban: nuevos, resplandecientes, oliendo a plástico nuevo. Tenían dos ruedas a cada lado, serían únicos, nadie los tendría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario