
La horas de avión se hacían largas. No sabía que hacer. Si una persona desaparece durante diez años, por mucho que diga que puedo publicar su historia y decir donde vive, no tengo valor para hacerlo. Debo elegir entre dos opciones: publicar la historia para prosperar en mi carrera como periodista y aruinar la vida a Noraima y Vanessa (que no Vania) que solo quieren vivir tranquilas, o mantener en el anonimato que Vanessa sigue viva y seguir trabajando en pequeñas entrevistas.
Salí del aeropuerto cansado. Llevaba horas metido en el avión. Se me cerraban los ojos mientras andaba arrastrando mis pies. Tomé un taxi y en unos minutos estaba tumbado en mi cama. Estaba hecho un lío, ¿qué debía hacer? De repente pensé en Sofía. Una sonrisa apareció en mi cara. La quería. Quería volver a verla y abrazarla, tenerla en mis brazos. Dejé de pensar en Vania. Sofía me aclaraba la mente, me hacía sentir calmado.
Cuando me desperté era de día, debían ser las dos mínimo. Fui hasta la cocina y allí me encontré a Sofía, preparando el desayuno. Me recordó a las viejas películas americanas.
-Hola. He dormido aquí, no te importa, ¿verdad? -dijo sonriendo-.
-Claro que no -le contesté-.
Sofía cocinaba de maravilla. Y envuelta en la luz que entraba del exterior era mas bonita aún. Desayunamos (o comimos, era tan tarde que no sabria decir) y fuimos a la redacción.
Mi madre, sorprendentemente, me estaba esperando en la entrada. Me abrazó lo mas fuerte que pudo.
-¿Qué tienes? ¿¡Está viva?!
Entonces aparecieron en mi cabeza imágenes de Vania, Noraima, Aruba, la casa, el cementerio, el beso. Él lo tenía decidido.
-No.
La sonrisa de mamá se convirtió en una cara seria.
-Bueno. Era de esperar.
Dos meses después, Sofia, ahora mi novia, se mudaba a mi apartamento. Le conté que en realidad Vania no estaba muerta, como todos creían, sino que seguía viva. Le prometí ir a verla en un mes, y así podría ayudar a Vanessa a escribir su libro. Al final, todo acabó incluso mejor de lo esperado.
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